5 de junio de 2010

Los secretos de una exploradora de lunares.


-No se si quedarme callada por que me has dejado sin palabras o besarte.

Se acercó lentamente hacia mi con el propósito de rozar mis labios dulcemente. Los cinco segundos que tardó en hacerlo se me hicieron eternos. Aun que me hiciera la dura estaba deseando besarle. Deseando sentir esos labios que guardan la sonrisa que se le pone cuando me mira que tanto me gusta, de sentir más cerca los hoyuelos que le salen, de que me tire esas indirectas que tanta gracia me hacen, deseando tocarle el pelo para colocárselo o de acariciarle la espalda timidamente, de jugar a ese juego de poner palabras y que todas tuvieran que ver con nosotros, al juego de continuar canciones, al de aguantarnos la mirada o a contarnos las chistes más malos de la historia. Dudaba que algo pudiera superar lo que me hacían sentir todas esas cosas. Pero claro que lo hubo. Y con creces. Me besó.

Yo creo que fueron diez minutos más o menos los que nos quedamos inmóviles, con los labios tan cerca que podía notar su aliento en los mios. Y fue maravilloso. Estábamos bañados por la luna, en el segundo piso de la torre eiffel y con un picnic preparado. Casi me derrito.
Y bueno, ya lo demás os lo dejo a la imaginación. Solo diré que no tocamos absolutamente nada de aquel picnic.

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